Espacio público: el primer maestro de civismo.

¿Cómo recuperar los espacios públicos porteños?

Las primeras experiencias en la vida son fundamentales. De ellas dependerán en gran medida nuestra relación con el espacio público. Si de niños vemos descuido en nuestro entorno, probablemente de adultos seremos descuidados con lo que nos rodea. Más aún, si desde la niñez a la adolescencia la experiencia se mantiene, entonces el mensaje es claro: el espacio público no importa.

Esta indiferencia se palpa en el día a día de Valparaíso, una ciudad cuyo espacio público pareciera estar a merced de quienes lo destruyen y rayan. Sin embargo, el problema no es solo el vandalismo, sino también una profunda incapacidad institucional del Estado para asegurar las mantenciones más básicas: áreas verdes secas, postes de luz dañados, veredas y calles rotas, y la ausencia de persecución y sanción de las llamadas incivilidades. La mantención es un imperativo y una obligación, pero en algunos lugares se espera a un deterioro evidente, como en el entorno del Palacio de Justicia, Plaza Sotomayor o las calles del Barrio Puerto, para recién iniciar un proyecto de “conservación”.

Podríamos dar múltiples ejemplos de este deterioro, pero nos centraremos en el Paseo Wheelwright porque es el punto de contacto con el mar más cercano al plan de la ciudad, es uno de los pocos espacios de esparcimiento disponibles y es gratuito, pero no de calidad. Lo normal para un niño porteño es ver este paseo deteriorado. Inaugurado en 2008, en estos 17 años ha experimentado un progresivo declive hasta el punto de ser peligroso de transitar. Un niño corriendo, en patines o en bicicleta, puede accidentarse gravemente en cualquiera de los “eventos” que se extienden a lo largo de sus 1700 metros de longitud. La noche es peor, porque en gran parte del tramo no funcionan los postes de luz.

Aquí reside el desafío: cuidar hoy el espacio público es decir que lo público sí importa. No podemos rendirnos ante el vandalismo. No podemos claudicar ante la idea de que no vale la pena limpiar los rayados o reponer los tachos de basura porque al día siguiente los vandalizarán. Hay que dar la pelea ahora para asegurar que una generación nueva pueda ver un Valparaíso limpio y cuidado. Pensar una política de mantención constante, preventiva y oportuna, es mirar a Valparaíso en el largo plazo, cuando una nueva generación de adultos haya crecido con la idea de que el descuido no es la norma, sino una falta.

Otras ciudades, con niveles de desarrollo similares al de Chile, lograron revertir procesos de abandono urbano cuando se convencieron de que lo público sí importa. Medellín pasó de ser símbolo del miedo a convertirse en referente mundial de urbanismo social al recuperar espacios, conectarlos y mantenerlos. Montevideo conserva su Rambla como un paseo seguro y querido a lo largo de toda su costa. Porto recuperó su borde fluvial para la vida ciudadana y Bilbao transformó su frente industrial degradado en un espacio vibrante y cuidado. Ninguna de estas transformaciones fue rápida, pero todas fueron persistentes: día tras día, año tras año.

Valparaíso también puede hacerlo. Es cuestión de voluntad y constancia. Mantener, reparar, limpiar, iluminar y defender nuestros espacios públicos no es un lujo, es una responsabilidad. Si logramos que los niños crezcan en un entorno que se cuida y se valora, lo respetarán. Revertir el estado del Paseo Wheelwright es un cambio cultural que debe partir hoy.

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